01 diciembre 2009

El paisaje tradicional en un espacio martirizado por el hombre

Un recorrido histórico por tierras de Tineo y Cangas del Narcea


 Recorrido histórico y señalado el que vamos a realizar a caballo entre el cuarto de La Riera, en Tineo, y el partido de Sierra, en Cangas del Narcea; territorio en el que la hospitalidad, sin duda, forma parte de su idiosincrasia. Estamos en un espacio geográfico martirizado por minas, canteras, centrales térmicas y embalses como el de Soto de la Barca, que arruinaron la riqueza piscícola y turística del río Narcea; cauce que venimos persiguiendo desde Cornellana y que abandonamos al tomar el desvío que, tras cruzar sobre la cola del embalse, después de dos kilómetros, nos acerca a Tuña, «palabra que según creencia popular significa arca, y cuyo nombre reciben aún hoy en algunos pueblos de esta región las arcas que sirven de graneros, fijas y adosadas a una de las paredes de los tan conocidos hórreos y paneras. El pueblo de Tuña se halla rodeado de montañas y a su derecha o Suroeste, separando al pueblo de una de éstas, pasa serpenteando el río de Genestaza, cuyas aguas bajan revueltas muchas veces con tierras que arrastra la inexplicable Fana, máxime en la estación estival, efecto de las lluvias procedentes y precedidas de nubes tormentuosas, únicos agentes atmosféricos que provocan los misteriosos desprendimientos». Son palabras de don Zoilo Méndez García en el libro «Los siglos de oro de Tuña», publicado en Luarca en 1932.

Atravesamos el pueblo de puntillas, por lo temprano de la hora y la excursión que nos aguarda, y posponemos hasta el regreso la visita a la cuna del general Riego. Por eso tomamos la empinada, tortuosa y encogida carretera que asciende a Llamas del Mouro. Poco más de dos kilómetros son los que recorremos para alcanzar la bifurcación y el lugar en el que vamos a dejar nuestro vehículo y comenzar la ruta a pie por una calzada, alquitranada en la primera parte del trayecto, que nos traslada hasta la aldea de La Silva por un paraje descarnado en el que los robledales van cediendo paso a los bosques de coníferas que crecen entre nutridos peñascales, que quizás puedan dar denominación a la parroquia, conocida como Santa María de Pedredo. A juzgar por la cantidad de huellas y resbalones que observamos, debe de ser alta la población de corzos y jabalíes por estos lares.


Deliciosamente embaucador es este itinerario que pronto pone ante nuestras narices el caserío y las feraces praderas de La Silva, aunque de seguido se torna perezoso; tanto, que se oculta y remolonea entre sombrías vueltas y revueltas para llegar de sopetón a la fuente con lavadero, fechada en 1955, y al proscenio del poblado que se recuesta en la ladera de El Charcón. Dos viviendas habitadas permanentemente y pocas más los fines de semana, mantienen vivas las raíces ancestrales de una aldea que converge sus miradas en la capilla de San Lázaro. Penoso, como en casi todas, su estado exterior; del interior no podemos decir ni palabra pues no hubo forma de que los vecinos que tienen la llave me permitieran conocer su situación. Por ello, durante unos instantes voy a dejarles en compañía de don José Tolivar Faes «La ermita de San Lázaro, orientada al saliente como casi todas las que se conservan, aparece ampliada hacia delante por un pórtico alto, a causa del cual da la sensación de que la espadaña se eleva casi en el centro del templo. El pórtico, dividido por una pared longitudinal, deja a la derecha un cuarto, que acaso haya sido utilizado por los malatos, mientras que el espacio de la izquierda forma el pórtico propiamente dicho. En el lado de la epístola sobresale una capilla con una pila bautismal en la que parecen estar grabadas un Alfa y una Omega estilizadas, así como una inscripción que aparenta decir «Año de 1676». Antigua malatería, probablemente fundada en el año 1074. Dice Tolivar: «Existía junto a la ermita, separada de ella sólo por el camino que pasa al lado de la epístola, una casa de cantería con sillares en las esquinas y un arco de medio punto en la puerta que se abría al norte, frente a la ermita. Esta casa tenía fama de haber sido la que habitaron los malatos».

Proseguimos el viaje por la pista que se dirige al alto del Mouro bordeando el monte Los Malatos, topónimo que da fe de la antigua leprosería. Si en ese momento gozamos de una panorámica magistral de Tineo y su entorno, pronto cambiamos las orejas por el rabo al padecer la cercanía de una cantera descomunal. Alcanzamos el alto entre frondosos pinares; el paisaje, hechicero, toca a rebato y se inflama admirativo. Un registro armónico de clarines y timbales resuena en mi interior cuando la mirada reposa y absorbe energía por tierras que la belleza hizo suyas. Tineo, Belmonte, Somiedo y Cangas del Narcea aportan picos, sierras, montes y cordales para cerrar un ámbito sobresaliente por tierras de Tabladiello, Mieldes, Valcabo, Sierra, Sillaso... A nuestros pies, en Llamas, observamos el palacio de los Sierra, en cuyo recinto aún se conserva la torre circular, probablemente edificada en el siglo XIII. Descendemos hasta sus inmediaciones y prolongamos la ruta hasta el barrio de La Venta, lugar en el que podemos reponer fuerzas en Casa Ana, delicioso Bar-Tienda, perfectamente atendido por su propietaria.

Tan arraigada estuvo la alfarería popular en esta zona que, tan sólo en los pueblos de Valcabo, Llamas y Bruelles llegaron a existir entre quince y vente alfarerías. Pues unos cientos de metros más, carretera adelante, y llegamos a las casas de El Jardín, barrio en el que reside y tiene taller y horno el último ceramista de los antiquísimos «Xarros prietos», que es lo mismo que decir famosa cerámica negra de Llamas del Mouro: Manuel Rodríguez Suárez. De su mano conoceremos las técnicas de cocción y manejo del barro con el que elabora, entre otras muchas piezas, barreños, cántaros, juegos de café, porrones, cachos, ánforas, figuras de animales? y, cómo no, comprar alguna pieza en la sala de exposición contigua al alfar. Vale la pena.

Una hora llegar a La Silva, otra más hasta Llamas, y la que, poco más o menos tardaremos en llegar al coche por la carretera descendente que se prolonga hasta Tuña, pueblo en el que parar es obligado porque, además de palacios y casonas como la de la Chamborra, casa natal del general Riego, crecen flores por todas las esquinas que, junto con historia y recuerdos, exhalan un perfume inconfundible, liberal y republicano.

(L.N.E. 1/12/2009)

2 comentarios:

Pindesierra dijo...

tuña, la: sust. Depósitu [onde s’almacena’l granu nun horru o nuna panera].

Maria dijo...

Gracias por la definición, tu siempre tan atento.
Un saludo